La consideración del bien común en una sociedad pluralista a partir de las reformas participativas y la ley de descentralización en el Perú (I)

La visión histórica

El problema del bien común como señala Dahl representa varios problemas. El primero y más obvio  de ellos está en la consideración del mismo dentro de un sistema político determinado. Este sistema no se encuentra caracterizado por la homogeneidad de sus ciudadanos, sino por la heterogeneidad de los mismos. Lo que conlleva a que exista una multiplicidad de intereses dentro de un mismo sistema político y, consiguientemente, existan varias interpretaciones de lo que constituye aquel bien común. Históricamente empezando desde Grecia, el bien común estaba confinado a un sistema comparativamente pequeño, unitario y homogéneo, en donde todo ciudadano podía estar seguro de conocer el bien común, el bien de todos, el bien de la polis. Este conocimiento estaba fuertemente relacionado con el actuar de las personas, toda decisión y acción de estas estaba orientada a la consecución de aquel bien común. Los intereses también se veían orientados a la consecución de aquel fin último. Aristóteles nos decía que “aunque sea el mismo el bien del individuo y el de la ciudad, es evidente que es mucho más grande y más perfecto alcanzar y salvaguardar el de la ciudad; porque procurar el bien de una persona es algo deseable, pero más hermoso y divino conseguirlo para un pueblo y para ciudades”[1]. Esta visión será criticada por Dahl dado que la democracia griega poseía un concepto excluyente de ciudadanía y, por lo tanto, aquel bien común que se perseguía y que supuestamente era para el bien de toda la polis, era en realidad la expresión de una minoría[2].

Ahora bien, el problema  de la consideración del bien común dentro de un sistema político se debe a la evolución histórica por el cual ha pasado, es decir, el paso de las ciudades-Estado al Estado nacional. La ampliación del territorio de los Estados así como la expansión de los integrantes del mismo. El contexto ha cambiado y con ello se dificulta la persecución del bien común. Este problema fue visto por el propio Madison en el Federalista X desde la perspectiva democrática. Para él la democracia pura (la ateniense) es “una sociedad integrada por un número reducido de ciudadanos, que se reúnen y administran personalmente el gobierno, no puede evitar los peligros del espíritu sectario. En casi todos los casos la mayoría sentirán una pasión o interés común, se producirá en la forma de gobierno un tipo de comunicación y acuerdo constantes, de tal modo que la minoría quedara sacrificada”[3].  Tiene una visión negativa de aquella democracia griega porque no poseía los contrapesos de poder para controlar los deseos de una facción (que puede ser la misma mayoría) y por tanto proteger a los ciudadanos de esta tiranía. Si bien Madison busca encontrar la estructura institucional que permita controlar los espíritus de las facciones, es importante señalar como mediante este diseño se enfrenta ya al problema del bien común. Entonces, dado que ya no existen aquellas pequeñas repúblicas o ciudades-Estado es necesario para ver la solución de este problema “situarnos en el contexto de los sistemas democráticos de muy gran tamaño, o sea, en el contexto de la poliarquía y el pluralismo que la acompaña”[4].


[1] Aristóteles, Ética Nicomáquea, ed: Gredos, Madrid 2000, 1094b 6

[2]Se mostro siempre escéptico con respecto a la democracia participativa griega no solo porque la participación política estaba restringida a un limitado porcentaje de la población ateniense y por tanto alejada de sus ideales, sino también por la debilidad estructural del propio modelo que no tomaba en consideración un juego de contrapesos y divisiones de poderes.

[3] Hamilton, Madison, Jay, El federalista, ed: FCE, México 2001, pg. 39

[4] Dahl, R., La democracia y sus críticos, ed: Paidos, Buenos Aires 1991, pg. 348

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