El líder y la masa freudiana (1)

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Psicología de las masas y análisis del yo de Freud fue publicado en 1921 en Viena. Busca responder a las preguntas ¿qué es una ‘masa’, qué le presta la capacidad de influir tan decisivamente sobre la vida anímica del individuo, y en qué consiste la alteración anímica que impone a este último? (Freud 2001: 69). Seguirá en varias líneas la postura de Gustav Le Bon a la hora de caracterizar tanto la masa como el influjo que ésta produce sobre el individuo. El rasgo más notable que se da en una masa psicológica es que

“cualesquiera que sean los individuos que la componen y por diversos o semejantes que puedan ser su modo de vida, sus ocupaciones, su carácter o su inteligencia, el mero hecho de hallarse transformados en una masa los dota de una especie de alma colectiva en virtud de la cual sienten, piensan y actúan de manera enteramente distinta de cómo sentiría, pensaría y actuaría cada uno de ellos en forma aislada. Hay ideas y sentimientos que sólo emergen o se convierten en actos en los individuos ligados en masas” (Freud 2001: 70).

Así empieza su caracterización de la masa siguiendo a Le Bon como aquella fuerza unitaria frente a la cual el individuo pierde sus características personales, su peculiaridad y sufre por influencia de ella una alteración de su actividad anímica. Sin embargo, el distanciamiento que marca Freud con respecto a Le Bon se debe a que éste falla en explicar qué es aquello que une a los individuos dentro de una masa. Justamente, para Freud aquel medio de unión es lo característico de la masa. Pero, sigamos con la consideración o categorización de la masa por parte de Freud. Ésta es impulsiva, voluble y excitable. Esta caracterización permite que la masa sea “extraordinariamente influible y crédula, es acrítica (…) Piensa por imágenes que se evocan asociativamente unas a otras, tal como sobrevienen al individuo en los estados del libre fantaseo; ninguna instancia racional mide su acuerdo con la realidad” (Freud 2001:70). Las multitudes se encuentran sujetas al poder verdaderamente mágico de las palabras  las cuales al ser pronunciadas “los rostros cobran una expresión respetuosa y las cabezas se inclinan” (Freud 2001: 76). Ante esta situación no es viable oponerse mediante la argumentación racional. Estas masas solo piden ilusiones y esto es algo a lo que no pueden renunciar. Lo irreal tiene preeminencia sobre lo real y hasta influye con la misma fuerza que este último.  Así, la masa se mueve por la fantasía y se alimenta “de la ilusión sustentada por el deseo incumplido”.

Ahora bien, Freud busca qué es aquello que mantiene cohesionada a la masa, es decir, cual es la esencia del alma de la masa. Autores previos a él como Le Bon o McDougall habían señalado que la sugestión e imitación era aquello que unifica la masa. La sugestión produce influjos en las personas sin una base lógica suficiente y, justamente, los factores sociales se dan por una sugestión reciproca entre los individuos.  Sin embargo, hablar de una sugestión de la masa que genera una imitación o contagio entre los individuos era simplemente hacer equivalente estos tres conceptos y, más aun, la sugestión misma considerada como el fenómeno primordial de la masa no era susceptible de ulterior reducción. Para Freud, sus predecesores habían estado más interesados en describir las alteraciones que sufría un individuo al formar parte de una multitud que en la naturaleza misma del lazo social. Por ello, decide cambiar el concepto de sugestión (aquello que unifica, forma o cohesiona la masa), por el de libido como categoría clave para explicar el vínculo social.  Este no es más que una energía, una magnitud cuantitativa de aquellas pulsiones que “tienen que ver con todo lo que puede sintetizarse como ‘amor’” (Freud 2001: 86). Usa este concepto de una manera amplia en donde abarca no solo el amor que tiene como meta la unión sexual, sino también el amor por uno, el amor filial, el amor a los hijos, a la amistad, a la humanidad, entre otros. Para el autor son justamente los vínculos de amor, o lazos sentimentales, aquello que “constituye la esencia del alma de las masas”.

Freud busca esclarecer estos lazos libidinales poniendo como ejemplo a la Iglesia y el ejército. Los lazos libidinales operan, por un lado, vinculando a los miembros de estas instituciones entre sí y, por el otro, a todos estos miembros con sus líderes –Cristo o el jefe del ejercito. Este jefe es de suma importancia pues genera una ilusión: que el líder ama a todos los individuos de la masa por igual. De esta ilusión depende toda la estructura de cohesión de la masa, pues una vez rota la ilusión, lo único que sucede luego es la ruptura de la masa. Imaginemos, ¿qué sucedería con la Iglesia si se hiciera patente que Cristo no ama a todos por igual, que no todos participan de igual manera de su amor? La ruptura de la Iglesia. Por ello, “la ligazón de cada individuo con Cristo es también la causa de la ligazón que los une a todos. Algo parecido vale en el caso del ejército. (…) Cada capitán es el general en jefe y padre de su compañía, y cada suboficial, el de su sección” (Freud 2001: 90). Esta ligazón con el líder puede ser sustituida por una idea rectora y los vínculos entre los individuos estarían determinados por su ligazón con esta idea rectora, por ejemplo, lo que sucede con los partidos políticos institucionalizados de Europa, Estados Unidos, o el mundo, que no dependen del líder para mantenerse cohesionados, sino más bien de los ideales, principios que defienden. Este análisis freudiano de la ligazón libidinal entre los individuos de una multitud entre sí y con la idea rectora, es algo que será recogido por Ernesto Laclau (La razón populista, 2008) a la hora de analizar el populismo como un modo de construir lo político. Esta ligazón entre los individuos de la multitud y de ellos con el líder (o idea rectora) permite que la desintegración de la masa suceda cuando se da una desaparición repentina de la figura del líder.

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