Schumpeter: el líder político, la voluntad general y la democracia (1)

capitalism schumpeter 2

Son tres los principales argumentos en contra de la teoría clásica democrática que esboza Schumpeter en Capitalismo, Socialismo y Democracia. Como bien señala David Held en Modelos de Democracia, es erróneo hablar de una teoría clásica dada la existencia de diversas teorías y cada una con aristas diferentes; sin embargo,  esto no desmerece las críticas que hace Schumpeter a la herencia recibida. La primera de ellas está en relación con el concepto de bien común como “un faro orientador de la política, que siempre es fácil de definir y que puede hacerse percibir a toda persona normal por medio de la argumentación racional” (Schumpeter 1971: 321). A partir de este bien común se puede discernir qué acción y medida tomada es buena o mala, con lo cual el individuo ordenara su actuar de acuerdo a esta meta por cumplir y velara responsablemente por el fomento de este bien común. Para el autor este bien común, esta meta unívocamente determinada sobre la cual todo el mundo está “o puede hacérsele estar de acuerdo en virtud de una argumentación racional”, no existe.

Dada la multiplicidad de intereses existentes en la sociedad, como la diferencia valorativa entre los individuos, el bien común ha de significar necesariamente cosas distintas. Como Schumpeter está esbozando una aproximación realista de la democracia se hace evidente que la imposibilidad de llegar al bien común, o las distintas interpretaciones sobre el mismo, se hace aún más notorio en sociedades modernas que se encuentran económica y culturalmente diferenciadas. Además, suponiendo que individuos y grupos puedan coincidir en perseguir el mismo objetivo, entra en juego la problematización de los medios para alcanzarlo. Pues, partiendo del supuesto de que los individuos se han puesto de acuerdo en cual es el bien común ¿de qué manera debería alcanzarse?

Los distintos valores e intereses que poseen las personas hará que el medio elegido para alcanzar determinado objetivo esté condicionado no solo a tus intereses sino también al sistema valorativo que posee cada persona. Esto significa que no existen soluciones o respuestas definidas a los problemas singulares de los individuos,  “la ‘salud’ puede ser deseada por todos y, sin embargo, la gente puede discrepar en cuanto a la vacunación y la vasectomía” (Schumpeter 1971: 323). Así, apelar a la consideración de un bien común que será acordado mediante una lógica argumentativa racional por una suerte de voluntad general es inviable, porque existen “valores últimos” que están más allá de todo tipo de explicación lógica. A partir de la imposibilidad de existencia de un bien común, se desvanece el concepto utilitarista de una volonté générale. Esto se debe a que el bien común era el centro hacia el cual gravitaban todas las voluntades individuales y, como la voluntad general derivaba de las voluntades de los individuos, sin faro orientador se elimina la posibilidad de una volonté générale “natural”.

La segunda crítica frente a la teoría clásica democrática está referida al problema de la toma de decisiones por parte de organismos no-democráticos. Esto está estrictamente relacionado con la manera como el autor trabaja la volición individual y la imposibilidad de que exista una ‘voluntad del pueblo’. El individuo no posee una voluntad independiente y racional como se suele decir que la tiene. Para que pueda darse es necesario no solo que sepa de un modo preciso aquello que quiere conseguir o defender, sino que a su vez debe ser capaz de dar conclusiones claras y distintas bajo la regla de la deducción lógica. Esto sería equivalente a esperar que toda opinión de un ciudadano fuera igualmente buena que la de cualquier otro, algo que para Schumpeter es absurdo. Además, partiendo de que se pudiera dar una suerte de construcción de la voluntad del pueblo, es “muy probable que las decisiones políticas a que se llegue mediante ese proceso no concuerden con “lo que el pueblo realmente quiere”, sobre todo cuando las voluntades están muy divididas” (Schumpeter 1971: 326). Lo que señala Schumpeter es que las decisiones pueden por tanto ser tomadas por organismos que no son democráticos y, al final, pueden terminar siendo más aceptables por las personas que las decisiones democráticas.

Antes de entrar en la tercera crítica de la herencia clásica, se hace necesario esclarecer previamente como mira Schumpeter la naturaleza política humana misma. Para el autor existen dos características del ser humano que explican su falta de juicio en cuestiones políticas. La primera, es el debilitamiento del sentido de la responsabilidad. Este debilitamiento se debe al alejamiento de las preocupaciones directas que afectan al individuo como la familia, la oficina, la iglesia, el sindicato u otro donde sea un miembro activo. La racionalidad y precisión del pensamiento y acción se dan solo en este pequeño ámbito privado del individuo. Mientras que cuando se mueve en ‘lo nacional e internacional’ se carece de todo nexo directo e inequívoco con aquellas preocupaciones privadas. Se da para el autor una pérdida completa “del sentido de la realidad”. Entrar en el campo de las cuestiones políticas es para el ser humano promedio como ingresar a un mundo ficticio. Consecuentemente, esta sensación de realidad restringida explica “no sólo un sentido limitado de la responsabilidad, sino también la falta de voliciones efectivas”. Ésta viene a ser la segunda característica.

Si bien cada uno puede tener deseos, preferencias o aversiones, estas no corresponden a lo que se llama voluntad, es decir, “la contrapartida psíquica de una acción responsable y consciente de su finalidad” (Schumpeter 1971: 334). Para el ciudadano corriente a la hora de meditar sobre las cuestiones nacionales no se da una voluntad de tal tipo, principalmente porque para Schumpeter la política carece de una finalidad clara y distinta. Este es el rezago de la ausencia del bien común, un objetivo claro y evidente hacia el cual todas las voluntades individuales pueden apuntar. Consecuentemente, como no existe esta meta, el éxito y el fracaso son difíciles –sino imposibles- de determinar, no existe un comportamiento responsable y los errores que cometamos no nos pueden ser imputados inmediatamente, y “por ello [el individuo] invierte menos esfuerzo disciplinado en dominar un problema político que en una partida de bridge”.

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