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El líder y la masa freudiana (2)

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(Continuación del post anterior)

Bajo la interpretación psicoanalítica los lazos emocionales que unen a la multitud son pulsiones de amor que se han desviado de su objetivo original y siguen un modelo muy preciso que es el de las identificaciones. La identificación es la “más temprana exteriorización de una ligazón afectiva con otra persona” (Freud 2001: 99). Son tres las principales formas de identificación que se dan: i) con el padre, ii) con el objeto de elección amorosa y iii) a raíz de percibir  una cualidad común compartida con alguna otra persona que no es objeto de las pulsiones sexuales. Mientras más fuerte y significativa sea esta cualidad común, “tanto más exitosa podrá ser la identificación parcial y, así, corresponder al comienzo de un nuevo lazo” (Freud 2001: 101). Justamente este tercer tipo de identificación es la que lleva a la cohesión de los miembros de la multitud y será el líder aquella cualidad común sobre la cual se basa aquel lazo.

Este lazo con el líder es comprendido según Freud desde las diversas formas de ‘enamoramiento’. La primaria es la experiencia de la satisfacción sexual en un objeto, sin embargo, aquello con lo cual se ha investido al objeto pierde su sentido una vez satisfecha sexualmente la persona. Ahora, la certidumbre de que la necesidad ya satisfecha vuelva a despertarse es  el motivo inmediato por el cual se vuelca al objeto una investidura permanente y se lo ame, aún en intervalos de tiempo cuando el apetito se encuentra ausente. Esta situación conduce al amor como sentimiento ‘tierno’. La vida del individuo transcurre bajo el dominio de esta dualidad de amor no sensual, celestial, tierno y el sensual, terrenal. El individuo puede sobredeterminar al mismo objeto o tener sus dos polos investidos en objetos diferentes[1]. Un rasgo que emerge en este enamoramiento es que aquel objeto amado “goza de cierta exención de la crítica, sus cualidades son mucho más estimadas que en las personas a quienes no se ama o que en ese mismo objeto en la época en que no era amado” (Freud 2001: 106). Este juicio falseado se debe a la idealización del objeto que es el denominador común de las diferentes formas o diversos grados que adopta la transferencia al objeto de la libido narcisista, es decir, la investidura en el objeto de amor. El objeto es tratado como el yo propio. Por ello, “en muchas formas de la elección amorosa salta a la vista que el objeto sirve para sustituir un ideal del yo[2] propio, no alcanzado. Se ama en virtud de perfecciones a que se ha aspirado para el yo propio y que ahora a uno le gustaría procurarse, para satisfacer su narcisismo, por este rodeo”[3].

Ante este acercamiento uno se pregunta ¿qué tiene que ver estas investiduras afectivas de objeto con la relación que se da entre la multitud y el líder? Al estar uno enamorado, el yo resigna cada vez más todo reclamo, volviéndose más modesto mientras que el objeto se hace más “grandioso y valioso hasta que finalmente llega a poseer todo el amor de sí mismo del yo, y la consecuencia natural es el autosacrificio del yo. El objeto, por así decir, ha devorado al yo. (…) La situación puede resumirse cabalmente en una fórmula: El objeto se ha puesto en el lugar del ideal del yo” (Freud 2001: 107). A partir de este esclarecimiento Freud logra definirnos aquello que forma el vínculo social. Como se había dicho previamente la formación del grupo se debía a vínculos equivalentes forjados entre los individuos como resultado del amor común hacia un líder. Mediante estas elucidaciones tenemos que la fórmula de la constitución de una multitud:

Un grupo primario de esta índole está formada por una multitud de individuos que han puesto  un objeto, uno y el mismo, en el lugar de su ideal del yo, a consecuencia de lo cual se han identificado entre sí en su yo” (Freud 2001: 110)

Los individuos miembros de la masa han puesto en el ideal del yo al mismo objeto, razón por la cual han podido identificarse entre sí y, por tanto, unificarse en una masa. Por ejemplo, aunque de manera quizás un poco burda, el hecho de que te identifiques con un equipo de futbol, permite que se dé la identificación entre los hinchas del mismo equipo. La desaparición de los atributos individuales de la persona en la multitud se debe a que “el individuo renuncia a su  ideal del yo y lo permuta por el ideal del grupo corporizado en el líder” (Freud 2001: 122), o en este caso, en el equipo de futbol.

Sin embargo, Freud señala que en ciertas personas la separación entre su yo y su ideal del yo no ha llegado muy lejos y ambos coinciden con facilidad razón por la cual aquello que facilita la identificación entre los miembros del grupo no es solo el un amor común por el líder, sino que existe algún rasgo positivo compartido entre el líder y los liderados. A raíz de ello, se hace así posible cierto grado de identificación con el líder y no solo entre los yoes.  La identidad del líder se encuentra dividida pues participa en la sustancia misma de la comunidad que permite la identificación: “él es padre, pero también uno de los hermanos” (Laclau 2005).

[1] De esta dualidad se desprende también varias veces las discusiones entre parejas que se dicen: Lo que sucedió con la otra persona fue solo sexual, no significo nada. Es a ti a quien amo.

[2] Ich-Ideal: Se le atribuye las funciones de la observación de sí, la crítica, la conciencia moral, la censura onírica y el ejercicio de la principal influencia en la represión.

[3] Ibid.

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